"Carmen. Y que lo digas. En habiendo cariño sobra la vicaría. ¡Para qué más bendición que el quererse con toda el alma! Ahí tienes á mi Manolo. Los curas le casaron con Isabel, y la mujer que le dieron en la iglesia abandonó á los dos años á su marido y á su hijo, ese pequeñuelo que ha tenido después en mí su verdadera madre. También sabes lo que yo quise siempre á Manuel, y tú te acuerdas de cuánto lloré y me repudrí el día en que le vi salir de la parroquia al lado de Isabel. Cuando ella le dejó, vi en él tanto dolor y tanta pena que hasta el acercarme á su lado me parecía como que era ofenderle. A quien cogí sin reparo desde el primer momento fue al chiquillo. Quieras que no, dije á su padre, me le llevo á mi casa. Esta criatura necesita el calor de una mujer. Y desde aquel día el chico fue hijo mío, y ese niño que me trajo la alegría á mi casa me trajo también la felicidad á mi alma porque me dio el cariño de su padre.
Lola. Y así vivís que dais gloria, y envidia á todo el mundo.
Carmen. Por una desgracia vino una suerte. Mala hora aquella en que á Manuel le metieron en los líos de círculos de beatos y de gente de esa. Allí le hacían ir á la salida del taller, y siempre confesando y siempre comulgando, y el padre fulano por aquí y las señoras, de la conferencia por allá, hasta que le casaron con la Isabel. ¡Pues se lucieron los de la sotana con el casorio! Si todos les salen por el estilo de ese, aviaos están los matrimonios.
Lola. Chica, no me hables de los círculos esos. Conozco el paño. De ese mismo tengo yo un traje.
Carmen. Digo. La alhaja de tu hermanito...
Lola. No todos son como tu Manuel.
Carmen. ¡Pues á ver Él que lo tiene lo luce. ¡Na más!
Lola. Eso, y el que no lo tenga que se aguante.
Carmen. Cuatro años llevamos de una vida que no la cambio por la del rey de España. Si yo vivo es para mi hombre, y si mi hombre vive es para mí, y los dos para el chico. Cuatro años hace que no salgo á la calle sin el uno ó sin el otro cuando no es con los dos. Y que no vale nada ver que llega la tarde y viene Manuel de su trabajo satisfecho y contento, y encuentra aquí la alegría y la paz.
Lola. Y que os dure.
Carmen. Hija, aunque no sea más que hasta que se acabe."

Pedro de Répide
Cadenas de rosas



"He aquí que hubo un tiempo en que la vida era un romance, y quiso hacerse poesía el vivir y poetas a los vivientes. Los reyes de España, cesares de Indias, tuvieron una corte de encanto y maravilla y Madrid hubo de ser la ciudad de los jardines y de las fuentes.
Por la parte occidental de la villa bajaba la Cesta de la Vega umbrátil y frondosa a buscar el río junto al sotillo que se llamo en el siglo XVIII paseo Nuevo de la Corte, y donde el corregidor marqués del Vadillo levantó la ermita de la virgen del Puerto. Y al lado se extendía el bosque del Campo del Moro, y a la otra margen del Manzanares ponía la Casa de Campo un límite fastuoso a la ciudad. La Montaña del Príncipe Pío comenzaba al fin de la calle Nueva, y desde el convento de Gilitos llegaba hasta San Bernardino por un lado, y alcanzaba luego la Florida y la Moncloa. Por la parte meridional terminaba Madrid en las alamedas de la Huerta del Bayo, y por la parte Norte pinares admirables llegaban hasta la misma puerta de Santa Bárbara. Y un límite digno tenía también la capital de España en su costado levantino. Aquel inmenso campo de arte y de placer, que se llamaba el Buen retiro."

Pedro de Répide
El Buen Retiro, la villa de las siete estrellas, Madrid 1923


“Las luces de gas en los blancos globos, separaban las divisiones de la amplia avenida, y el paseo cercano a la línea de los viejos palacios estaba limitado por airosos y copudos olmos y servía de paseo a la menestralía. La serie de los aguaduchos seguía a la de los negros álamos, y era el refugio de calaveradas juveniles o seniles” y en los jardines del Buen retiro había elevado su aerostato un tal capitán Meyer “y había encontrado la muerte al caer sobre un tejado en la  calle de la Magdalena.”

Pedro de Répide Gallegos, también conocido como Pedro de Répide y Cornaro 

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