Henri Pourrat

"¿Nunca ha llegado a sentir una mayor dicha en la vida? Quizás al pensar en ella con verdadero vigor.
Estos misioneros intrépidos, que llevan el consuelo a los enfermos y moribundos, sin el menor temor, se exponen cada día al arbitrio del azar. La energía gallarda transforma y consagra al sacerdote del templo. Algunos sacerdotes deshonran los hábitos que visten e incrédulos son sorprendidos como el trueno que ruge.
El sacerdote que escuchaba todo esto, clamó:
-Acércate joven y mira las marcas en mi dorso como signo y testimonio de la fe.
Tiró de la sotana del presbítero y atónito contempló dos o tres enormes cicatrices...
Gaspard había sido bautizado por uno de aquellos refractarios tan cerca de Grange. La ceremonia se había desarrollado entre gendarmes, sin mucho decoro.
El padre sólo había de sumergirlo bajo una pila de piedra, afuera, como una burla en el patio, esperaba el carro. Así transcurrió aquel dos de septiembre entre el olor a heno y a mercado."

Henri Pourrat
Gaspard des montagnes



"Sus hombres hablaban de él con verdadera adoración. Un día vi cómo uno de ellos lo besaba. Aquella tarde del mes de abril había sido espléndida, al ser designado como instructor, a pesar de sus airadas protestas:
-Mi compromiso es con la lucha. Quiero luchar. Quiero combatir al lado de mis camaradas.
Seis semanas después, murió esbozando en sus labios una ignota sonrisa...Hubo reflexiones en aquellos pueblos montañeses de donde todos los hombres se habían ido y en donde las mujeres permanecían en duelo, sin floridos páramos o hermosas nubes. Hablo de los días de Verdún, nunca vistos. La memoria nunca abandonó la férrea conciencia que predispone a la muerte.
De antemano, el sacrificio había de ser realizado y el corazón sería circuncidado por funestos pensamientos acerca de la futilidad de la vida, de la certeza de una muerte segura, aunque morir antes o después no significaba nada.
Lo importante no era morir, sino morir con dignidad, sin lamentarse. Podría morir de enfermedad o ser atravesado por una bala. Así se expresaba el coronel Eilin.
-Te prohíbo llorar. Las lágrimas no deben asomar a tus ojos cuando escuches el murmullo de la muerte.
Sin embargo estas frases no mienten. El tiempo no es nada. ¿Qué podría haber mejor que vivir y servir con rectitud?
Aún, Pierre, no estás en la capilla azul. Los héroes de antaño tuvieron gestos propios de un gran corazón. Muere estando en pie. Esa será una breve y perfecta exaltación. Como la ramita del abeto, estos años de la guerra huirán de nuestra nación, hijo mío."

Henri Pourrat
Les Montagnards















No hay comentarios: